La Misa de los Seis

 

 

La afamada luz de Sevilla no penetraba en el cajon del camion que me llevo este Sabado Santo al Domingo de mi Resureccion. Aunque en mis oidos arrullaban todavia las brisas ligeras de la dehesa, el rugido agudo del llanto de mi Padre repelido por el hierro del techo las expulsaba; el Paraiso se habia perdido en la lluvia. Probablemente, estuvieramos en la frontera del centro antiguo de la ciudad cuando otra ola acustica se recalo en el camion hasta pararlo en anquilosamiento. ‘Quizas,’ pense, ‘estemos escuchando la saeta, el canto ronco de un corazon pecador. O puede que este en rojo el semaforo.’ Movidos por cornetas y tambores de Los Servitas, las ruedas del camion volvieron pronto a girar, y mientras el paso se alejaba hacia su destino, La Catedral, el mio me estaba esperando en los corrales de la Real Maestranza. Entre. Paso a paso, de vela a vela, en silencio, adelante, una chicota o una eternidad que agrieto como mi piel una vez, ya en la mangada, inyectado el veneno de la divisa – el primer clavo de la sentencia – y con la herida se abrio la puerta del toril. Daba al albero, al Altar Mayor de mi ciudad creyente, cuyas gradas y tendidos de oro hervian con ilusion en miradas avidas devorando la sombra que me refugio.

Tu lo mandaste, Padre, y yo lanze el cuerpo hecho de tus verdades sagradas a las tablas, varas y sedas enganosas. Los sacerdotes de luces clavaban tus palabras en mi lomo para que la fuente de Tu poder – mi sangre – alimentara y aumentara el suyo. No creo que exista una parroquia mas viva, mas pecadora o mas arrepentida que la de Sevilla que por una misa de alivio le concede a su mentor el trofeo de inmortalidad. Ella cayo encima de nosotros tras la estocada entera del torero con la espada como un diamante engastada en mis visceras, apagando mis ojos. ¿Como pudo caber tanta luz en este espacio redondo? ¿Como pudo fulgir tan intensamente el azul este que lo alumbra todo en Sevilla junto al blanco de los panuelos, de canas, del humo de puros gordos y sabrosos, de risas, de cristalines de miles de ojos?

Sevilla. Asi es y asi reza. Tanta vida pusiste en sus calles, Padre, que necesita ver su otro lado para creer en mortalidad; me necesita a mi. En la Catedral del Baratillo el Cuerpo no sabe a sosas hostias ni la Sangre – a vino diluido. Pero yo jamas lo probare, ni gritare un ‘ole’ desde el tendido – soy de otro lado, un extranjero en esta ciudad. Tu me llamas, y sigo el camino ya conocido hacia la sima donde el silencio suturara mis heridas y, sacando de mi el ultimo suspiro, lo envolvera en piel, lo rociara de sangre y lo devolvera quiza a Nazaret o, quiza, al campo andaluz.

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